Blog de Aldabazul

Leonardo

LEONARDO

  El vehículo de la línea 22 se detuvo en la esquina de los jirones Libertad y Llosa. Leonardo miró los escalones, apuró el paso e inmediatamente se instaló en el asiento que parecía hecho para su contextura física, iba al lado de la ventanilla izquierda detrás del chofer del microbús de las siete de la mañana.

  Hoy utiliza este transporte porque Jonás, su vecino, no lo podría llevar a la oficina, como casi todos los días.  Se acompañaban y charlaban mucho ya que tenían aficiones en común: el ajedrez y  la lectura de los libros de poemas de Huidobro, Vallejo o Pedro Salinas, además de la crianza de perros tan diferentes como un fox terrier y un boxer. 

  Desde que Leonardo ingresó en la compañía textil más importante de la ciudad su ruta era la misma, él ya sabía: ir por la calle Libertad, con sus casas antiguas, mirar el colegio que albergó a sus hermanas por muchos años, ingresar en el jirón Junín con total calma y luego insistir en la contemplación de la avenida Javier Prado. Este largo tramo siempre le pareció lleno de nostalgia y la conversación con Jonás era lo único que le daba calor a las mañanas grises de la ciudad de Lima.

  Era lunes, qué aburrido, entrar en la oficina, recoger el parte de tareas de su casillero y sumergirse en la oficina con ese aire acondicionado que le permitía soportar el terno y la corbata; llamar inmediatamente a proveedores y sostener con ellos largas conversaciones acerca de productos y entregas.  Bueno todo sea porque le faltan solo tres días para salir de vacaciones.

  Leo ya había proyectado qué hacer en ese mes de vacaciones y no estaba dispuesto a perder ningún día de su anhelado descanso.  Esta vez todo estaba fríamente calculado económicamente  así que sin remordimientos ni mala cara empezó su jornada.

  Le tocó interrogar a la señorita Meléndez acerca de los hilos de tres cabos y los colores añil y rosa; con el señor González platicó largamente  acerca de empaques de cartón para el hilo grueso y con la señora López no se ponía de acuerdo sobre los ovillos de lana fosforescente que pondrían en el catálogo de la nueva campaña.

  La mañana no ofrecía novedades, Clarita le ofreció su acostumbrado café negro y le comentó sobre la concurrencia que asistió al desfile de modas que se realizó el sábado y al que él no quiso asistir.

  Lo llamó por teléfono Javier, el incansable amigo de la infancia, el que lograba hacerlo sonreír con ocurrencias espontáneas, para contarle que Sandra, su novia, los esperaba luego del trabajo para presentarle un proyecto que suponían le gustaría y en el que querían comprometerlo. Aceptó sin pensarlo mucho, lo que fuera salirse de la rutina le molestaba pero si eran ellos todo lo soportaba.

  Luego, estuvo en una junta de empleados para resolver algunos impases y conocer las novedades del lanzamiento de un nuevo producto textil.  Así transcurrió su jornada hasta que la alarma de su reloj le avisó la conclusión de un día más de labores.

  Al salir de la oficina se dirigió al departamento de Sandra, pulsó el timbre, se abrió la puerta y lo acogió la amplia sonrisa de esta joven, se saludaron, caminaron juntos por el corredor y le dijo que además del proyecto Javier y ella le tenían una sorpresa. Alguien que los ayudaría mucho acababa de llegar del extranjero,  y fue así que  en medio de la sala encontró a  Celia, alguien por quien tenía una gran amistad y callado amor.

  Pronunció un ¡Hola! tan tímido que Celia no lo escuchó así que ella lo miró extrañada y preguntó:

- ¿Leo?

Y él todo sonrojado respondió: Sí, leo y  también escribo.


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